miércoles, 26 de febrero de 2020

Perder el tiempo


Si el debate demócrata del 19 de febrero en Las Vegas tuvo una importancia relativa en esa larga macha que es la contienda por la presidencia de EEUU, el del 25 de febrero  en Charleston —a cuatro días de las primarias en Carolina del Sur y una semana del “Supermartes”— fue una perdida de tiempo: mucho ruido y ninguna nuez.
En primer lugar porque todos los aspirantes dedicaron la primera parte del encuentro y un buen rato en la segunda a caerle en pandilla al senador Bernie Sanders, una táctica socorrida y en buena medida inevitable, pero que brindó pobres resultados por una dispersión que llegó a la tontería. Ello sin contar que, cuando son muchos contra uno, el efecto emocional en el espectador puede resultar desfavorable a los atacantes.
Hasta ahora, la campaña electoral demócrata está resultando torpe, confusa y  dispersa. Por momentos da la impresión que la totalidad de los aspirantes se concentra en hacer el mayor daño posible al futuro del Partido Demócrata, poner en peligro las elecciones legislativas —que coinciden con la presidencial— y poner por delante su persona frente al bien partidista.
Aunque lo anterior de momento no sirve como un posible indicador de triunfo o fracaso en las urnas de noviembre (basta recordar 2016) y se espera que tras el 3 de marzo la vía esté más clara.
Esta dispersión —a veces hay la tentación de hablar de “caos”— le está resultando muy favorable a Sanders, con muchos “pequeños” rivales, cuyas puntaciones  en las encuestas y resultados electorales los acercan cada vez más a la insignificancia. Pero también debe señalarse que también aumentan las dudas sobre las esperanzas de un retador fuerte dentro del área considerada, en términos generales, como “moderada”.
Sin embargo, lo más cuestionable del proceder de los aspirantes demócratas es el empeño en malgastar oportunidades para lanzar argumentos contundentes en contra de la labor del presidente Donald Trump al frente del país. Y en el último debate esa impericia llegó al extremo.
Fue el exalcalde de South Bend, Pete Buttigieg, quien expresó su incredulidad porque Sanders estaba llevando el debate a episodios que en la mayoría de los casos ocurrieron años antes de que Buttigieg naciera en 1982, como la tan comentada declaración sobre el valor positivo de la campaña de alfabetización en Cuba.
“No estoy esperando un escenario en el que se trate de Donald Trump, con su nostalgia por el orden social de la década de 1950, y Bernie Sanders con una nostalgia por la política revolucionaria de la década de 1960”, dijo Buttigieg.
“Esto es 2020. No vamos a sobrevivir ni a tener éxito, y ciertamente no vamos a ganar reviviendo la Guerra Fría. Y no vamos a ganar esta contienda crítica, y crítica en la Cámara y el Senado, si quienes participan en ellas tienen que explicar por qué el candidato del Partido Demócrata le dice a la gente que mire el lado positivo del régimen de Castro. Tenemos que ser mucho más inteligentes al respecto y mirar hacia el futuro”.
El problema con Sanders —quizá sea mejor decir uno de los problemas— es que el senador ha convertido la ideología, la imprecisión y el populismo en parte de sus instrumentos de campaña, y le ha ido muy bien con ese uso. En ello no difiere mucho de Trump, salvo en el hecho de que al actual presidente de EEUU no puede catalogársele de ideológico.
Por ejemplo, Sanders no es socialista. No es siquiera un socialista democrático o social demócrata en la plena acepción del término, aunque lleva décadas repitiéndolo ( a través de esos años ha abandonado de su plataforma política algunas de las reclamaciones socialdemócratas). Y eso es, dejando a un lado sandeces como llamarlo “comunista”, que él no admite. En su supuesto programa hay ideas que han sido puestas en práctica por gobiernos socialdemócratas en Europa, así como por el laborismo británico o durante etapas de mandatos que pueden catalogarse de progresistas o con conciencia social en países tan diversos como Canadá y Costa Rica.
Hay cierta aberración en rechazar esas ideas de bienestar social, que en gran medida encierran una fuerte dosis de sentido común, así como en considerar que no son populares en Estados Unidos. Oponerse a un aumento del salario mínimo, la matrícula gratuita en colegios comunitarios y en universidades públicas, y el contar con un sistema de salud para toda la población —de forma escalonada en cuatro años— no significan implantar un régimen totalitario, un gobierno comunista, ni siquiera uno socialista.
Pero a Sanders, sin embargo, le encanta el “alarde socialista”. ¿Lo llevará al triunfo o al fracaso?

viernes, 21 de febrero de 2020

La larga marcha de Sanders


Los debates durante las elecciones primarias de Estados Unidos suelen ser demasiados, aburridos y confusos. El del 19 de febrero en Las Vegas fue todo lo contrario.
Elizabeth Warren impuso el tono de la discusión, apenas cinco minutos tras su inicio. Michael Bloomberg tropezó casi a cada instante, al dejar en evidencia que no bastan el dinero y una campaña de anuncios políticos bien estructurada para llegar a la Casa Blanca. Pete Buttigieg intentó un análisis crítico y un aplomo por momentos forzado. Amy Klobuchar apostó por una sonrisa a veces fingida. Ambos quedaron moderadamente bien, pero no lo suficiente para dar un paso más allá de la secuencia debate-primaria estatal. Joe Biden tuvo sus buenos momentos, pero solo para dar la impresión momentánea de que aún existe. Bernie Sanders reinó —o mejor dicho, intentó reinar— como cabeza de lista para la nominación demócrata.
Aunque estas son conclusiones temporales, minutos después de concluido el encuentro. Todo puede cambiar, y una buena o mala noche para los aspirantes los ayuda o perjudica, pero solo por unos días, acaso un par de semanas. 
Lo significativo son dos aspectos, que de momento no van a ser  alterados por los vaivenes en las encuestas o lo que ocurra en Nevada.
El primero y más importante es la respuesta de Sanders a la pregunta del presentador Chuck Todd de la NBC, sobre si el contendiente con el mayor número de delegados debía ser el nominado, incluso si no tuviera la mayoría. Muchos dijeron que sí, y dieron por descartada una nominación impugnada.
Todos menos Sanders, quien expresó su opinión de que la denominación debería de ir automáticamente para quien obtuviera más votos en las urnas primarias y los caucuses.
Una respuesta clave.
El senador por Vermont dejó bien claro que considera que hay una buena posibilidad de que él termine con un mayor número de delegados electos, pero no con el apoyo de los superdelegados designados por el Partido Demócrata.
Es decir, que considera que sus rivales están de acuerdo en que los superdelegados decidan la nominación, y así otorgarle la victoria probablemente al binomio Biden- Bloomberg o Bloomberg-Biden; con lo que no estaría de acuerdo él, y por supuesto, tampoco sus partidarios. 
Crisis —o el peligro de crisis— en convenciones han ocurrido con anterioridad en ambos partidos. Para citar un ejemplo aún cercano, durante las primarias de 2016 dicho fantasma recorrió las filas demócratas, pero al final Hillary Clinton superó a Sanders en delegados. Solo que este año el senador ha crecido en popularidad y pujanza.
El otro aspecto que el debate mostró es una opinión generalizada entre los aspirantes a la candidatura: evitar la reelección de Donald Trump pasa por lograr una participación masiva en las urnas. Solo que una investigación reciente de la Fundación Knight cuestiona dicha creencia.
Los estadounidenses no se caracterizan por una elevada presencia en las urnas. En 2016, más del 40 % de los ciudadanos con capacidad de voto no participaron. Ello incluye más de 2.5 millones en Michigan, 3.5 millones en Pennsylvania y 1 millón en Wisconsin, los tres estados donde Trump derrotó a Clinton por un margen total de 77,774 votos, y ganó la presidencia.
De ahí que los demócratas realicen una campaña para lograr una mayor participación electoral (los republicanos también).
Pero si a nivel nacional un mayor número de posibles votantes ha expresado el criterio de preferir a cualquier candidato demócrata antes que a Trump, ello no ocurre en estados claves como Arizona, Florida, Pennsylvania y Virginia, donde quienes no han votado dicen que ahora lo harían por Trump .
Una de las explicaciones de este fenómeno es que dichos “no votantes” se sienten inclinados a votar por Trump, aunque no sean partidarios republicanos. En igual sentido, aunque en menor número, otros tampoco identifican a Sanders con el Partido Demócrata, y votarían por él.
La consecuencia sería que, de ganar Sanders la nominación, la batalla por la presidencia estaría definida en última instancia por un duelo de personalidades, más allá de los criterios partidistas, y por una definición en medio de una polarización extrema.
En buena medida, el último debate demócrata lo dejó bien claro.

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