lunes, 20 de abril de 2020

El Mariel cambió a Miami


Dos motivos fundamentales impulsaron a miles de cubanos a una travesía incierta durante la avalancha producida por el puente marítimo Mariel-Cayo, a mediados de abril de 1980. El deseo de vivir en libertad y la necesidad de un mejor futuro económico. Ambos se complementan, aunque no son sinónimos. 
Con una audacia que en más de una ocasión se interpretó como falta de agradecimiento, cuando no como poca capacidad de adaptación e indisciplina, los marielitos— la palabra se ha ganado el honor de poder rechazar las comillas— conquistaron su lugar bajo el sol de Miami. Lo consiguieron con trabajo y dedicación.
Ahora que se destaca el triunfo económico de quienes llegaron sin un centavo —con apenas la ropa que traían puesta, hecha jirones por la espera de varios días y el viaje— no debe olvidarse que su integración a la sociedad norteamericana tuvo un carácter transformador. 
La llamada “generación del Mariel” fue la que cambió de forma irrevocable a Miami, al ampliar el consumo, la fuerza de trabajo y el uso del idioma español hasta rincones que hasta ese momento habían resistido “la invasión cubana”.
Los marielitos llegaron cargando diversas “culpas”, de las que le costó trabajo librarse. La primera fue haber vivido hasta ese momento bajo el régimen de La Habana. No importó que fuera por fecha de nacimiento, ideales políticos o imperativos familiares. Durante los primeros años a cada momento se les recordó sus errores o los de sus familiares, que imposibilitaron una “salida a tiempo del comunismo”. Si hoy en Miami es normal que al iniciar una nueva vida cualquier cubano no tenga que ocultar su pasado en la isla, es gracias al Mariel.
Mientras que hasta ese momento la mayoría de los exiliados habían llegado gracias a sus esfuerzos y los de sus familiares, luego de un recorrido que podía incluir una estancia de varias años en un tercer país y una larga espera —que para muchos significó también largos períodos de trabajo obligatorio en la agricultura antes de lograr la salida—, estos recién llegados habían simplemente aprovechado una oportunidad única.
Tras tomar la decisión de abandonar la isla —algunos fueron incluso obligados a irse—, los habían montado en un bote, propiedad de unos desconocidos la mayor parte de las veces y desembarcado en Cayo Hueso. No habían venido, los “habían traído”. 
Esa fue la segunda culpa a cargar. Lo ocurrido años antes —en el puerto de Camarioca y luego durante los Vuelos de La Libertad— fue un éxodo escalonado que no llegó a causar esa división tan precisa y repentina entre unos y otros: “yo estaba aquí y tú acabas de llegar”.
También a diferencia de quienes salieron primero, los marielitos se encontraron una estructura creada de negocios cubanos que les facilitó su inserción laboral —con mayores o menores ventajas, con un grado más elevado o más moderado de explotación— e hizo posible que en cierto sentido fuera menos “traumática” su nueva vida.
Quien se estableció en esta ciudad en 1980 tuvo que pasar por dos procesos distintos de asimilación. Uno fue la adaptación clásica a un nuevo país, nuevas costumbres y un nuevo idioma. El otro fue el descubrir de que junto con una serie de principios elementales —que en Cuba se habían ido deteriorando y continúan aún en crisis—, en Miami subsistían una serie de valores caducos que él pensaba superados. Fue en parte una vuelta a los años 50 en el mundo de los 80: el futuro en forma de pasado. 
El álbum fotográfico de lo ocurrido en los días del Mariel y las imágenes de la vida actual de esos miles de protagonistas constituye un poderoso instrumento de propaganda. Entonces la historia se captó en blanco y negro. Fueron días extremos, de grandes contrastes. 
La adopción de Miami como patria no deja de tener un carácter contradictorio, aunque puede justificarse. A diferencia de los que llegaron durante las décadas de 1960 y 1970, la Cuba que los marielitos dejaron atrás no significa añoranza, salvo en los recuerdos personales. 
El triunfo del inmigrante es mayor en la medida que se integra más al país de adopción. Quienes llegaron por el Mariel no han abandonado por completo el sentirse cubano, más bien han aumentado la geografía de su patria.

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