jueves, 4 de junio de 2020

Cuando la repulsa no justica la censura


The New York Times da marcha atrás, y es lamentable.
Una controversial carta abierta escrita por el senador republicano Tom Cotton, en la que defendía el uso de las tropas federales para apaciguar las protestas, no cumplía con los estándares del New York Times, afirmó el periódico el jueves.
Este retroceso obedece tanto a las críticas del personal del diario como del sindicato de periodistas de Nueva York, al igual que a la situación existente en todo el país.
Frente a estos factores, hay que contraponer el criterio del director de las páginas editoriales del diario, James Bennet, quien defendió la decisión de publicar el texto con estas palabras:
“Creemos que muchos lectores encontrarán que los argumentos del senador Cotton son dolorosos, incluso peligrosos“, escribió Bennet. “Creemos que esta es una de las razones por las cuales merecen escrutinio público e incluso debate”, agregó.
“Publicamos el argumento de Cotton en parte porque nos hemos comprometido con los lectores del Times a proporcionar un debate sobre cuestiones importantes como esta. Socavaría la integridad y la independencia de The New York Times si solo publicamos opiniones con las que los editores como yo estuvimos de acuerdo, y traicionaría lo que considero nuestro propósito fundamental: no decirte qué pensar, sino ayudarte a pensar para ti”, añadió Bennet.
Y en esto radica la clave del asunto. Al dar macha atrás el Times, y autocriticar su decisión, está dando una muestra de debilidad.
La libertad de opinión no se refiere simplemente a publicar una opinión contraria; incluye también la divulgación de criterios que se sabe o sospecha se fundamentan en bases erróneas. No cabe resumirlo todo a la vara de medir lo correcto e incorrecto, lo justo e injusto, lo falso y verdadero. Estos criterios, válidos a la hora de considerar una pieza informativa, no tienen igual dimensión cuando se aprecia una información o criterio. Y lo escrito por el senador Cotton responde a su forma de pensar, con independencia de que unos la consideren errónea y otros correcta.
Por supuesto que cuando se asume dicho criterio se entra en terreno minado. Pero bastan algunos parámetros para definir los patrones selectivos: desechar la simple difamación, los ataques personales en general y aquellos textos que evidencian una manipulación burda o responden a la propaganda y la tergiversación bajo el patrocinio de cualquier ideología.
Nada de ello excluye a cualquier editor —no importa lo insignificante de su publicación— de ser acusado de censor. Es parte de la naturaleza de su trabajo, y como tal debe asumirla.
En el caso de lo escrito por el legislador, no se puede reducir el mensaje a declaraciones demagógicas en su contra, como que “pone en peligro la vida de ciudadanos negros”. Sí, es cierto que vale el reclamo que justifica una represión desbordada, pero de ahí a categorizarlo como “peligroso” hay una distancia.
Esta distancia no solo viene dada por las palabras en sí. Más bien hay que analizarlas dentro del contexto, la sociedad en que se produce. Y The New York Times, afortunadamente no es Pravda en sus mejores (peores) tiempos.
Con ello se aclara que una sociedad democrática —y la prensa en ella— no se rige por la entelequia de convertir la opinión en hecho establecido o criterio absoluto. Eso es lo que siempre hicieron Stalin o Castro, para citar ejemplos cercanos a los lectores. Y la prensa que dominaban era simple cadena de transmisión, no instrumento de refutación, aprobación y análisis.
Poco favor se hace un periódico cuando desprecia el criterio discriminativo de sus lectores, que en medio de un torrente de informaciones, datos y opiniones, pueden valorar con justeza el alcance y la verdad de lo afirmado por el senador republicano.
Lo demás es demagogia, oportunismo y —puede doler decirlo— limitarse a lo “políticamente correcto”.

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