jueves, 17 de septiembre de 2020

Cuba sin futuro democrático, con Trump o sin él


Una de las razones fundamentales para el fracaso de los planes destinados a buscar un cambio político, o al menos iniciar un tránsito hacia la democracia, es la falta de motivación de la población en la isla para quitarse de arriba al régimen.
Hay que aclarar de inmediato que no es la única y que existen diversos factores que en un momento u otro adquieren mayor o menor relieve, pero la desidia y la espera forman parte de la realidad cubana, sobre la cual no se debe guardar silencio pese a cualquier reproche latente de que uno esta “contemplando los toros detrás de la barrera”.
Cierto. El mecanismo represivo es muy fuerte y ha logrado crear un terror que se adelanta a cualquier intento de cambio político. Sin embargo, la frustración que este mecanismo establece casi siempre no se canaliza en rencor sino en espera.
La situación imperante en la isla no muestra un futuro pero sí un escape. Y ese escape ha sido hasta fecha reciente Miami: la salida, el viaje al extranjero o incluso una simple remesa familiar. La política migratoria de la administración Trump primero y luego la crisis por la pandemia del covid-19 han establecido un paréntesis a las salidas, con la consecuencia de un cierre total a esa vida de escape. Pero este paréntesis se vive desde la Isla y por quienes viven en Miami con familiares en Cuba más bajo la óptica de una dilación que como una nueva situación definitiva. Para el ciudadano de a pie que vive a noventa millas, en la actualidad las esperanzas se cifran más en la elección estadounidense que en la que ocurrirá en su cuadra.
El exilio cubano, por otra parte, vive entre la realidad y el espejismo. El espejismo es lo que se lee, ve y escucha por los medios. Estos siguen controlados en gran parte —especialmente la televisión y la radio— por quienes llegaron primero y se limitan no a ofrecer una visión tergiversada de lo que desconocen sino a cumplir una función de ensueño. 
Lo primero que se desconoce o se pasa por alto es al cubano actual. La mayor parte de quienes han llegado en las últimas décadas nacieron no solo tras el 1º de enero de 1959, sino en una sociedad establecida y fuertemente cimentada por un régimen que no brinda alternativas. 
Si quienes eran niños al triunfo de la revolución —o crecieron durante el proceso de cambio institucionales que han degenerado en la Cuba actual— padecieron un deterioro progresivo de sus libertades individuales, una creciente carencia para la satisfacción de sus necesidades personales y un aislamiento paulatino, los que nacieron posteriormente —y en particular los “hijos del Período Especial”— llegaron a un mundo donde lo natural era la falta, no el despojo. No fueron perdiéndolo todo: nacieron sin nada.
De ahí que se pueda establecer pautas nacionales y momentos definitorios que marcan generaciones y grupos, tanto en la Isla como en el exilio.
Por ejemplo, esa urgencia de libertad y anticastrismo furibundo se agota en buena medida tras el éxodo del Mariel. Basta recorrer las discusiones que aún hoy persisten sobre las posiciones políticas de escritores y artistas de aquí y de allá, y encontrar muchas de los argumentos más enconados en quienes aprovecharon la oportunidad de salida que brindó el Mariel —o fueron expulsados del país— para desarrollar una obra en el exterior.
En la actualidad, el llamado ”anticastrismo” o la caricatura de oposición al régimen en el exilio se define entre un grupo cada vez más exiguo que solo encuentra justificación en gestos inútiles para lograr un avance de las ideas democráticas en la isla —como los pocos llevados a cabo por la administración Trump— y que apenas logra regocijo en una que otra zancadilla económica al gobierno cubano y quienes lo dirigen, además de causar nuevos engorros a quienes desean facilidades en la relación entre quienes habitan aquí y allá. El resto se resume en una chusmería que no llega siquiera al esperpento.
En el caso de quienes decidieron permanecer en Cuba o no pudieron irse, la Primavera Negra de 2003 fue el canto del cisne de una disidencia que debe ser catalogada como tal —me refiero al significado primordial de la palabra, no estoy negando la existencia de una oposición posterior— y en que buena parte de sus miembros rondaban entre los 40 y 50 años de edad.
Es hasta ellos —hombres y mujeres que casi constituyen un genotipo— es que llega la caracterización y el imaginario de un exilio que indudablemente ha ampliado sus fronteras respecto al limitado alcance de su composición primaria.
Lo demás son casos aislados, asideros a los que se agarra ese establishment del exilio en su afán por perpetuarse. Solo que los tiros van por otra parte y el cubano “recién” llegado no tiene nada que ver con ese “hombre viejo”.
El exiliado tradicional continúa su camino en extinción y el americanocubano —el nacido en Estados Unidos, porque a estas alturas cubanoamericanos son muchos— tiene poco o nada que ver con alguno de los dos anteriores (salvo en lo referente a esos políticos de turno que nacieron aquí y explotan una mentalidad del cubano de ayer para obtener réditos electorales en sus zonas de electores).
Queda entonces poco para la definición de una nación, de un “nuevo país”, del resurgimiento de la “Cuba de ayer” o del parto de una futura, cuando se carece de una voluntad fundacional.
Y es que si algo logró transmitir a la psique del cubano el régimen establecido por Fidel Castro no fue un espíritu nacionalista —como se repite tontamente hasta por periodistas internacionales que cubren su destino escribiendo desde Cuba o sobre Cuba— sino todo lo contrario: una mentalidad colonialista.
Solo que con una peculiaridad: colonia no para ser explotada sino para explotar a la metrópolis de turno.
En esto, Castro creó un modelo digno de un buen estudio histórico.
La dependencia del otro para la subsistencia está tan fuertemente arraigada entre los cubanos que anula o debilita cualquier motivación independentista. La desaparecida Unión Soviética en su momento, Venezuela mientras dure y Miami ahora y mañana.
Queda entonces el acomodo de acuerdo a las circunstancias, y para aquellos que nacieron durante el Período Especial —o pocos años antes— la opción es continuar buscando esa sobrevivencia a cualquier precio y por cualquier vía, que es el signo y la voluntad bajo la cual surgieron.
Mencionado el espejismo —la Cuba que no es, la rebelión que no existe, el acomodo diario— el exilio en general, y Miami en particular, continúa siendo la fuente de abastecimiento —por encima de cualquier ilusión de los votantes de Trump—
El gobierno de La Habana a lo único que puede aspirar es a seguir produciendo profesionales para brindar servicios en el exterior, confiar —como ha ocurrido en estos casi cuatro años— en que para Trump la cuestión se resume en esas pequeñas gratificaciones mencionadas que le aseguran los votos de un sector de la comunidad exiliada por lo demás sin alternativas, y acariciar el sueño de un futuro sin pandemia y con una “vacuna cubana”, donde de alguna forma se mantenga cierta corriente de inmigrantes, exiliados y viajeros, y sobre todo se mantenga el envío de remesas, que en última instancia está garantizado no por las acciones del actual o futuro inquilino de la Casa Blanca, sino por la voluntad familiar. Son estos los pilares de la nueva industria nacional.
Nada de azúcar, níquel y petróleo. Ni inversiones ni desarrollo. Sin exilio no hay país.
Lo malo es que esta situación que aparenta la eternidad del instante siempre ha abierto una interrogante: ¿país?

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