viernes, 23 de octubre de 2020

Viviendo con Trump, muriendo con Trump


¿Continuar con Trump el próximo año es una esperanza o una pesadilla? La respuesta a esta pregunta, por parte de los electores, quizá defina el resultado de la elección. Se desconoce la respuesta pero está más clara la pregunta después de un debate civilizado —el segundo y último— entre los contendientes. 
El hecho de la civilidad de la discusión fue la primera derrota de la noche para el presidente Donald Trump. Al concentrarse en los temas el debate, se evitó la interferencia emocional del caos y la violencia verbal que impide o desvía conocer  —al menos en parte— la visión que cada cual intenta transmitir. Y aunque en cada caso la estrategia, el enfoque y las supuestas decisiones no son nuevas, de la forma en que fueron planteadas en la noche del jueves 22 de octubre facilitan escoger un camino.
Porque si algo caracteriza a esta elección es ese esfuerzo, por ambos contendientes, por volver a un punto de partida que se perdió hace cuatro años. Para Trump, es como si durante estos casi cuatro años no hubiera sido el mandatario del país, y aunque repite y repite el autoelogio por lo bien que lo ha hecho, nunca se detiene a reflexionar en lo poco que ha hecho en beneficio del país. Y cuando se le pregunta al respecto, su respuesta no puede ser más infantil y tonta —del niño rico que pervive en él— y acude a echarle la culpa al mandatario o mandatarios anteriores. Por supuesto que cuando alguien llega a ser jefe de Estado, se espera que conozca los problemas y busque las soluciones, no que se limite a lamentarse de la leche derramada con anterioridad.
Es por ello que Trump falló al tratar, una y otra vez, de presentar a Joe Biden como un representante del clásico político que habla y habla pero no resuelve los problemas. Por supuesto que Biden lo ha sido en buena medida, como senador y vicepresidente, pero Trump también, y como presidente: tras cuatro años no puede venir con el cuento de que quiere llegar a la Casa Blanca: está ahí.
Así que entonces la elección se limita a escoger entre el volver a viejas fórmulas, parciales en su éxito pero efectivas en ocasiones, o seguir en el caos.
Porque si algo quedó claro es que el plan de Biden no es muy llamativo, y lo que intentaría es ampliar el papel del gobierno —pero de forma limitada— en la recuperación económica, la salud pública y una serie de beneficios. Pero el plan de Trump es la ausencia de plan.
Por lo demás —y en última instancia en este aspecto se encierra el mayor fracaso de Trump durante el debate— el presidente no logró acorralar a su oponente con las acusaciones de corrupción.
En su jugada más hábil de la noche, Biden pudo centrar la atención del espectador no en las acusaciones de Trump contra su familia —y en todo momento evitó la clásica respuesta tan oída en España en estos casos, de: “los tuyos también”— sino en el tema que más afecta al hogar estadounidense: la pandemia y la crisis económica consecuente. Y de esta manera, acusar al actual mandatario de prácticamente no hacer nada para detener la pandemia y llegar a las puertas del invierno sin un plan definido para enfrentar la situación.
En este sentido, no es que Biden cuente con un plan elaborado y complejo para enfrentar la pandemia, pero lo simple de sus propuestas —el uso obligatorio de mascarillas, aumento de las pruebas rápidas a escala nacional y ayuda económica para controlar la apertura— lleva a pensar en las razones por la cual no se han puesto en práctica.
Por supuesto que este debate —¿todos los debates?— contribuirá poco a cambiar la opinión de los electores, con 47 millones de boletas ya votadas, pero ratifica dos visiones opuestas sobre la nación, y en buena medida nos lleva a recordar las diferencias fundamentales entre republicanos y demócratas que en estos casi cuatro años Trump nos ha llevado a pasar por alto en medio del ruido. 

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