miércoles, 18 de noviembre de 2020

Algo para recordar: a propósito de Giuliani

En octubre de 2007, Uno de los problemas que algunos exiliados cubanos más conservadores enfrentaban con las aspiraciones de Giuliani para ganar la candidatura republicana era que, aunque por su retórica les parecía perfecto, un pequeño detalle de su historial les preocupaba.
Giuliani debería ser su candidato ideal, pero en Miami no olvidaban que fue el fiscal a cargo del encausamiento y prisión de Eduardo Arocena, dirigente del grupo terrorista Omega 7.
Cuando estuvo al frente de la fiscalía del Distrito Sur de Nueva York, la oficina de Giuliani acusó a Arocena de confabularse para dar muerte a un diplomático cubano, así como por su participación en atentados dinamiteros en Miami y Manhattan.
 (La información de The New York Times sobre el encausamiento a Arocena aquí. Sobre la sentencia que le impuso un juez aquí.)

Arocena fue sentenciado a cadena perpetua más 35 años de prisión, a lo que luego se agregó otra sentencia de 20 años.

Entre sus cargos estaba uno de conspiración para la fabricación de armas ilegales y 22 cargos de posesión de dichas armas, así como uno de conspiración para construir bombas y 23 cargos relacionados con explosivos o la colocación de explosivos.

Esa visión de Arocena como un terrorista peligroso no era compartida en el sector exiliado más comprometido con la llamada "línea dura''. De hecho, su liberación se mantenía como un reclamo constante, aunque sin consecuencia alguna., 

Los años transcurridos han cimentado el olvido, o en la actualidad no se le da importancia al hecho. Por lo demás estas líneas no deben interpretarse como un reproche a la conducta del entonces fiscal Giuliani.

El virus de los necios


Un amigo me mandó una entrevista (después tuve que entretenerme en borrar las cookies del sitio en que aparece) de una tal Ana Olema, que es una exhibición de ignorancia con exaltación, lo que hizo imposible que llegara al final. Digo “tal” no como muestra de desprecio, sino para dar a entender que la persona a la que se alude es desconocida para quien escribe este texto. Desde hace algún tiempo me preocupa y molesta la insolencia de quienes se preocupan por expresar opiniones sobre este país, con una completa ignorancia política. Parece que los adorna una costumbre —infiero que heredada, aprendida, adoptada— del régimen en que nacieron y se criaron; de la cual alardean con desfachatez e indecoro. Mi problema con gente así no es de divergencia política e ideológica; lo que me molesta es escuchar o leer tanta insensatez.

domingo, 15 de noviembre de 2020

El triunfo de Trump


La impactante falta de detalles, de la cual sus críticos se burlan como ridículamente poco seria en un asunto tan trascendente, no es una deficiencia. Es lo que caracteriza a la estrategia de Donald Trump.
Trump no está presentando un caso estrecho, quirúrgico y legalmente factible para aumentar sus posibilidades de seguir viviendo en la Casa Blanca el 21 de enero (eso es improbable). Tampoco está haciendo esto para ganar la discusión. (es casi matemáticamente imposible). Lo está haciendo, dicen estrategas políticos, observadores de Trump desde hace mucho tiempo y expertos en tácticas autoritarias, para sembrar dudas, salvar las apariencias y fortalecer, incluso en la derrota, el vínculo vital con su base política, de acuerdo a un artículo de Michael  Kruse en Politico.
Y está funcionando. Siete de cada 10 republicanos, según una encuesta de POLITICO / Morning Consult a principios de esta semana, creen que la elección le fue robada a su candidato.
En general, para Trump es tanto una culminación como una continuación: una especie de gran final de los últimos cinco años, en el que ha confiado tanto en tanta irrealidad, y también una pasarela, una especie de efecto decisivo hacia lo que vendrá una vez que deje Washington, DC, y presumiblemente se traslade a Mar-a-Lago para iniciar una pos presidencia que seguramente será diferente a cualquier otra.
Hay mucho en juego, y el daño colateral a la democracia estadounidense podría ser duradero y profundo, pero Trump está haciendo lo que siempre ha hecho. Está tejiendo un mito para sus propios intereses. Está haciendo lo que cree que debe hacer para ponerse al menos en la mejor posición posible para el futuro después de otro fracaso.
“No se trata de ganar la presidencia”, dijo esta semana el expublicista de Trump, Alan Marcus. “Es su estrategia de salida”.
“No se trata de contar los votos”, dijo Rory Cooper, estratega republicano y exasesor de Eric Cantor cuando era líder de la mayoría de la Cámara. “Toda su personalidad se basa en la idea de ganar a pesar de sus décadas de no ganar. Él está constantemente creando una leyenda sobre sí mismo, en lugar de una narrativa veraz. Por lo que no me sorprende que vaya a usar esto para convencer a sus seguidores de que la elección fue injusta y que él sigue siendo el líder de la oposición republicana”.
Añadió: “Tendrá que ocuparse de los problemas financieros una vez que deje el cargo y va a ganar mucho dinero. Va a ganar mucho dinero con los libros. Va a ganar mucho dinero con discursos. Podrá organizar mítines y cobrar por ellos. Dejando a un lado todo lo del Distrito Sur de Nueva York y lo que podría sucederle en Manhattan, solo en el aspecto financiero, el martirio de Trump, martirizarse a sí mismo, es bueno para los negocios”.
Cooper dijo que es imperativo que Trump mantenga activo el potencial para otra contienda electoral en 2024. “Ya sea que quiera hacer eso o no, la idea de que podría hacerlo debe permanecer viva desde el punto de vista de la rentabilidad”, agregó.“Si se mantiene esa posibilidad, se garantiza que él simplemente sigue siendo relevante y permanece en el centro de atención; sigue siendo una fuente de caos, desorden y división, que es en lo que parece prosperar”, dijo Lawrence Douglas, un profesor de derecho, jurisprudencia y pensamiento social de Amherst College, que escribió un libro que se publicó en mayo: Will He Go?
“No está perdiendo”, dijo Marcus. “Está ganando”.
“Honestamente, no creo que pueda estar funcionando de mejor manera para él”, dijo Cooper.
Este comportamiento tiene una larga historia.
“Donald es un creyente en la teoría de la gran mentira”, dijo uno de los abogados de Trump a Marie Brenner para un artículo en Vanity Fair hace 30 años este otoño. “Si dices algo una y otra vez, la gente te creerá”.
Trump es un mentiroso experto. La base de su existencia son las mentiras. No se hizo a sí mismo. No es un buen empresario, gerente o jefe. Pertenece al Establishment, en lugar de estar fuera de este. No ha sido en forma alguna una víctima singular, sino espectacularmente privilegiado y afortunado.
“No es quien dice ser”, de acuerdo a un exejecutivo del casino Trump, Jack O’Donnell, en agosto pasado. “Él es”, afirma el biógrafo de Trump, Michael D’Antontio, “una mentira andante”.
Le sirvió bien cuando comenzó su período previo a su candidatura a la presidencia, hace ahora una década. Trump avivó su potencial político, y sus aspiraciones ya de entonces a una candidatura, en especial y fundamentalmente con el intento de impugnar al presidente Barack Obama, mediante la difusión de una teoría conspirativa racista que ponía en duda la ciudadanía estadounidense del mandatario.
Lo hizo aún mejor durante su campaña de 2016, con su empeño contra los árbitros tradicionales de la verdad, lo que lo que transformó en un impulso a su oferta política. Además de atacar a la prensa y catalogarla de “noticias falsas”, la emprendió contra los funcionarios públicos, titulándolos de “El Estado Profundo”, y a Washington D.C. como “el pantano”. Así como lanzó ataques especialmente insidiosos contra la integridad de las elecciones estadounidenses.
A raíz de su derrota ante Ted Cruz en los caucus de Iowa —solo para empezar—, Trump acusó al senador de Texas de “fraude” y dijo que “le había robado [el resultado electoral]”.
En general, y a medida que noviembre de 2016 se acercaba cada vez más, Trump utilizó con mayor frecuencia de “amañadas” para referirse a las elecciones. En repetidas ocasiones se negó a comprometerse a aceptar los resultados si mostraban que perdió.
Y durante la duración de su administración —por supuesto— ha sido el mentiroso más persistente e impenitente que jamás haya podido sentarse detrás del gran escritorio en la Oficina Oval. 
Trump ha pasado una gran cantidad de su tiempo como presidente hablando y tuiteando sobre casos (mínimos, no comprobados o totalmente inventados) de votaciones ilegales y fraude electoral. Lo hizo en 2016, a raíz de su propia victoria en el Colegio Electoral, cuando insistió en la falsedad de que habría ganado el voto popular “si se deducen los millones de personas que votaron ilegalmente”. Volvió con lo mismo en las elecciones legislativas de medio término. “Se ha notificado con vigor a las fuerzas del orden de que vigilen de cerca cualquier VOTO ILEGAL”, tuiteó el día antes de esas elecciones. Y lo hizo, obviamente, de cara a las elecciones que acaban de concluir.
“Es desafiante”, dijo Jennifer Mercieca, autora de un libro sobre la retórica de Trump, Demagogue for President, “frente a la verdad objetiva”.
Douglas, el profesor de Amherst, lo predijo: “Si bien su derrota está lejos de ser segura, lo que no es inseguro es cómo reaccionaría Donald Trump ante la derrota electoral, especialmente en una derrota estrecha. Rechazará el resultado”, escribió en su libro que salió en la primavera. “La negativa de Trump a aceptar la derrota no es posible ni probable, es casi inevitable”.
“Donald Trump es la gran mentira”, dijo Carl Bernstein en CNN en septiembre. “Él es la gran mentira. Su presidencia es la gran mentira”.
“Es algo así como Goebbels”, dijo Joe Biden en MSNBC unas semanas después de ello, haciendo referencia al jefe de propaganda de Hitler. “Dices la mentira el tiempo suficiente, sigue repitiéndola, repitiéndola, repitiéndola, repitiéndola”.
“Esto es un fraude contra el público estadounidense”, mintió Trump la noche de las elecciones. “Nos estábamos preparando para ganar estas elecciones. Francamente, ganamos esta elección. Ganamos esta elección”.
“Si cuentas los votos legales, gano fácilmente. Si cuentan los votos ilegales, pueden intentar robarnos la elección”, mintió Trump dos días después en lo que el infatigable verificador de hechos de CNN describió como “el discurso más deshonesto de su presidencia”.
La misma falta de especificidad en sus afirmaciones radicales es lo que ha centrado la furia de la base republicana contra las instituciones a las que han sido entrenados para despreciar. Las afirmaciones estrechas, fácilmente refutables, no sobrevivirían mucho tiempo, pero las demandas generales de contar cada voto legal dan cobertura a los líderes del partido en Washington para que pueden imitar al presidente sin temor a la contradicción. Y la recaudación de fondos a nivel nacional probablemente no sería tan efectiva si Trump no estuviera afirmando que el fraude también fue de costa a costa.
“Si TODOS los Patriotas aportan $10, el presidente Trump y el Partido Republicano tendrán lo necesario para DEFENDER las elecciones y GANAR”, dice un mensaje de texto de la campaña de Trump. “Están haciendo todo lo posible para ENGAÑAR al pueblo estadounidense. Te necesito”, dice otro. No decir nada. Solo pedir dinero.
“Salvar las apariencias lo es todo para estos tipos”, expresó Ben-Ghiat, refiriéndose a los líderes autoritarios en general. “La razón por la que llama a todos perdedores”, agregó, refiriéndose a Trump en particular, “es que teme ser un perdedor”.
“No puede conceder”, dijo Douglas, “porque simplemente no encaja con la narrativa que les ha dicho a sus seguidores. Les ha dicho a sus partidarios que hay un Estado profundo que ha estado conspirando contra él para destituirlo de su cargo, desde el momento en que fue elegido, junto con las noticias falsas, y junto con los demócratas radicales, todos han estado conspirando contra él. Y casi sería reconocer a sus seguidores que les ha estado mintiendo todo el tiempo”.
“El escándalo comenzará a desvanecerse”, añadió Cooper. Más pérdidas en los tribunales. Más resultados certificados. Más republicanos en todo el país y jefes de Estado en todo el mundo siguen adelante en el reconocimiento del triunfo de Biden.

sábado, 14 de noviembre de 2020

¿Y si Trump vuelve a intentarlo?


Si la elección presidencial fue un referendo sobre Trump, una decisión suya de volver a intentarlo en el 2024 sería la mejor noticia que podrían recibir los demócratas. Al menos desde la perspectiva de este noviembre pleno de incertidumbre, frustración y esperanza.
No deja de ser una buena salida para el ego de Donald Trump y las aspiraciones de sus partidarios: buscar presentar de nuevo su candidatura presidencial en 2024. Derrotado, pero no vencido —difícil que haya leído a Hemingway—, la idea de un renacimiento ya lo debe estar rondando. Sin que conozca una palabra de mitología antigua, la conducta del Ave Fénix no le es ajena. Una y otra vez ha caído en los negocios, y ha vuelto a levantarse. Más que una trayectoria de empresario exitoso, su ejemplaridad es la del sobreviviente.

Cuidado con él, nunca está liquidado por completo. Si ahora ensaya  un pataleo de apariencia interminable, es porque prepara su futuro. Eso además del rédito político en alargar la derrota, no como desencanto sino cultivando una aparente rebeldía, para que no lo olviden.

Necesario aclarar que lo escrito hasta aquí no es un ejercicio de hastío ni un exorcismo ante el fastidio de no ver cercana una vuelta a la normalidad.

Primero, la existencia de la posibilidad de volver a aspirar. En este país no se puede ser presidente más que en dos ocasiones, pero nada indica que estas tengan que ser consecutivas. De hecho, ya ocurrió. El demócrata Stephen Grover Cleveland lo fue entre 1885 y 1889 y luego entre 1893–1897 (22nd and 24th president).

Segundo, la publicación de la posibilidad. Trump ha estado discutiendo en privado con sus asesores el volver a presentarse en el 2024, según Axios. El senador Lindsey Graham dijo el pasado lunes, durante una entrevista en Fox News Radio, que Trump debería presentarse de nuevo en 2024, si pierde la batalla legal para lograr la reelección este año, según The Hill. Rick Gaetz, un asesor de la campaña de Trump en 2016, señaló que el actual mandatario “va a continuar desempeñando un papel significativo dentro del Partido Republicano”. Agregó que Trump probablemente “consideraría seriamente otra postulación en 2024”, según USA Today.

Claro que todo ello puede limitarse a otra muestra de wishful thinking ante la derrota, pero es iluso pensar que Trump desaparecerá del panorama político de este país cuando deje la presidencia. Y dada su personalidad —y a los 70 millones que votaron por él—, tampoco creer que se dedicará al rol común de quienes lo antecedieron.

Para intentar volver al poder, Trump necesitará algo más que el Twitter y las redes sociales: crear una cadena de televisión que sustituya al papel de Fox News, que al final demostró ser un verdadero centro noticioso, con independencia de  comentaristas y anfitriones. Alguien tendrá que mostrarle que el viejo principio de Lenin —que Fidel Castro puso en práctica con sagacidad y determinación— mantiene su vigencia: para hacer una revolución —y eso, en resumidas cuentas, ha sido el intento de Trump, aunque a su manera— es necesario un órgano de prensa. Pero para ello hacen falta muchos millones y él o no los tiene o no va a arriesgarlos.

Hay dos factores que dificultarán tal empeño. Uno es que la corte de Manhattan lo va a tener algo ocupado —y preocupado— cuando salga de Washington D.C. Otro es que este país —lamentablemente quizá— es implacable con los perdedores, y aunque se empeñe por demostrar que no lo es, al final perdió.

Hay figuras más jóvenes dentro del Partido Republicano, que buscarán protagonizar un trumpismo sin Trump. De momento, el mejor ejemplo en este sentido es el senador Ted Cruz. Su defensa en estos días de la supuesta victoria presidencial republicana tiene poco que ver con un mandatario al que posiblemente deteste y mucho con su interés en posesionarse como un heredero espurio.

¿Y esto beneficiará a los demócratas? El fantasma de una vuelta de Trump serviría para unir a un partido que, desde los primeros días de un nuevo mandato,  comenzará a evidenciar las señales de división, discordia e intereses diversos que solo ha podido eclipsar el rechazo común al republicano. En cualquier caso, si ocurre, será sobre todo entretenido verlo.

martes, 10 de noviembre de 2020

Barr se suma al equipo del caos


Una de las peores consecuencias de un gobernante autoritario, o con tendencias autoritarias —y la carencia de precisión en estas dos formulaciones es porque hay un amplio registro donde caben múltiples ejemplos pero que de momento es mejor no establecer comparaciones— es no solo amparar sino alentar la ignorancia. En estos días la ignorancia abunda, crece a diario en las redes sociales y particularmente entre los seguidores de Trump.
Hay en marcha toda una maquinaria orquestada para fomentar la confusión y el miedo, con el objetivo de revertir un proceso democrático.
Como parte de ese proceso, algunos legisladores y funcionarios del actual gobierno juegan una carta donde al tiempo que cumplen objetivos políticos e ideológicos —quizá hasta órdenes o simplemente se ponen a tono con los deseos del mandatario—, tratan de aparentar un mínimo de dignidad desde hace tiempo perdida o sin mucho interés en conservar. El secretario de Justicia, William P. Barr, es el ejemplo más conspicuo. 
Desde su llegada al cargo —ese cargo que según él no buscaba, y así alardeó con falsedad durante su proceso de confirmación— Barr se ha destacado en desempeñar dicha función sibilina. Solo lo supera el senador Mitch McConnell, pero para este el papel de cancerbero del Partido Republicano en el Senado —y su exitosa tarea tanto en poner trabas como en hacer avanzar una agenda reaccionaria— tiene un desempeño más ilustre, aunque despreciable para quien esto escribe.
Barr es simplemente el sabueso de turno. Lo hace bien, pero cada vez se enloda más en ello.
El secretario de Justicia autorizó el lunes a los fiscales federales para que investigaran “alegaciones específicas” de fraude antes de que se certifiquen los resultados de las elecciones presidenciales en los estados.
La autorización de Barr tuvo como resultado inmediato que el funcionario del Departamento de Justicia a cargo de la supervisión de las investigaciones de fraude electoral, Richard Pilger, renunciara a las pocas horas de conocerse el anuncio.
Sin embargo, Barr aclaró en el memorando de autorización que ello no significa dar carta blanca a cualquier acusación, alegación o rumor.
“Las afirmaciones engañosas, especulativas, fantasiosas o inverosímiles no deberían ser una base para iniciar investigaciones federales”, dice el texto.
Así que el reproche al secretario de Justicia se limita al hacerse eco de una intención más que a iniciar persecuciones, cosa que no ha hecho.
Solo que la acción del fiscal general ha promovido gritos de euforia y falsas esperanzas —hasta ahora no justificadas— de revertir el resultado electoral.
Por ejemplo, un funcionario del Departamento de Justicia dijo que Barr había autorizado el escrutinio de las acusaciones sobre votantes no elegibles en Nevada y las boletas electorales llegadas tras el día de las elección en Pensilvania, de acuerdo a The New York Times.
En ambos casos, se trata de reclamos que los republicanos han hecho circular en días recientes, pero sin mostrar prueba alguna que los sustenten.
Dadas las cifras de los resultado electorales, ya computados en ambos estados, se trata de un ejercicio destinado a entretener a los partidarios de Trump con la apariencia de un triunfo que le quitaron, el wishful thinking de que su líder ganó y la ración diaria de nuevas sospechas.
Solo que al mismo tiempo ello contribuye al clima de desconfianza, cinismo y caos que busca alentar Trump, como una forma para mantenerse en el poder.
El papel de un funcionario público debe ser todo lo contrario a alimentar ese clima. Pero Barr ha escogido otro camino.

viernes, 6 de noviembre de 2020

De la derrota de Trump como bendición conservadora

La presidencia de Donald Trump ha sido más una conclusión que un comienzo. Si el partido que lo acogió para llegar a la Casa Blanca se ha transformado en un grupo de culto, más que en una organización política, la derrota en las urnas del actual mandatario podría dar paso a un renacimiento del verdadero conservadurismo.Por años una partida de fanáticos buscó apropiarse del Partido Republicano, mediante un desplazamiento geográfico, pero en realidad ideológico. El ala sureña del partido desplazó a los del norte, que lo habían guiado por años. Los gobiernos de ambos Bush fueron en parte la culminación de ese período, sobre todo durante el mandato del segundo. Pero la llegada a la presidencia de Barack Obama vino a poner de cabeza lo que hasta entonces se consideraba un cambio acorde a las circunstancias del momento.

Como suele ocurrir, la respuesta no fue una rectificación de rumbo sino empeñarse en el error. Para los republicanos, las dos derrotas presidenciales fueron compensadas con las posteriores victorias legislativas. Creció entonces la  percepción de que el extremismo era la carta de triunfo. 

Pero tras los debates en las primarias, en que cada aspirante se empeñaba en ser más intransigente que sus contrarios, el elegido se presentaba como el candidato no solo de su base partidista, sino de todos los estadounidenses. 

Donald Trump rompió por completo con ello. Tanto en la estrategia electoral como en la posterior práctica de gobierno. Solo se dirige a sus partidarios. Con él es todo o nada, a su lado o en su contra.

Tal política no ha obedecido simplemente a sus características de personalidad e intereses, sino a la lección aprendida tras las derrotas de John McCain y Mitt Romney. Tuvo además un precedente en la actuación de los legisladores republicanos cuando la elección presidencial estaba lejana.

Para entonces, y bajo el mandato de Obama, el juego político cambió a conquistar no al electorado estadounidense en general, sino a la base partidaria.

Un segundo factor contribuyó a dicho cambio, y ocurrió tras el fallo de la Corte Suprema en el caso Citizens United contra la Comisión Nacional de Elecciones, que ha permitido la inversión de grandes sumas de dinero en las campañas a partir de 2010.

Aunque fue lo que se especuló en un primer momento, dicho fallo no se tradujo  necesariamente en privilegios para las corporaciones, sino en una vía para hacer avanzar agendas ideológicas particulares y objetivos políticos personales. Al tiempo que los cabilderos han continuando siendo instrumentos destacados para lograr leyes a su favor, a la hora de buscar inclinar la balanza política, los grupos de acción política marcan la pauta. Así ocurre en ambos partidos.

Ello explica que la actual elección es en gran medida un duelo multimillonario de intereses y hasta egos, donde los principios ideológicos quedan opacados o simplemente echados a un lado.

Hablar de capitalismo y socialismo es un sin sentido. Más bien es la lucha del capitalismo tradicional estadounidense contra otro corporativo —mercantilista en esencia y populista en forma— que se ha adueñado del poder. 

El cambio en el Partido Republicano, de un conservadurismo pragmático norteño a un fundamentalismo rural sureño, contribuyó en gran medida a una polarización ideológica de los votantes, lo cual llevó a la Cámara de Representantes a políticos aferrados a posiciones ideológicas extremas y opuestos al compromiso.

Sin embargo, dicha rigidez ha desatado un efecto similar, aunque de signo contrario en el Partido Demócrata. Solo que hasta ahora, estos han logrado controlar las posiciones más radicales. El triunfo de Joe Biden en las primarias es un ejemplo de ello, aunque los trumpistas lo nieguen. A su vez, una derrota de Biden podría tener como consecuencia una verdadera radicalización demócrata.

Más allá de retórica de campaña, mentiras al uso y manipulación política, no hay un solo indicador importante que pueda servir para lanzar cualquier alarma de que un triunfo demócrata significa un acercamiento ideológico al socialismo, comunismo, anarquismo u otras malas yerbas para la mentalidad estadounidense promedio.

Todo lo contrario. En estos momentos el partido radical, intransigente y cerrado al compromiso es el republicano-trumpista. Solo hay que mirar hacia Trump y Mitch McConnell.

Tanto Trump como el movimiento Tea Party han sido —de manera profunda y desafiante— opuestos a cualquier tipo de moderación. Que la presencia de uno y las reliquias de otro se esfumen en las urnas será un beneficio para los verdaderos conservadores.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...